La enfermedad infantil del «izquierdismo» en el comunismo
V. I. Lenin
La enfermedad infantil del «izquierdismo» en el comunismo[1]
Indice
Nota de esta edición.
La presente edición de La enfermedad infantil del «izquierdismo» en el comunismo está tomada de la edición de 1972, realizada para la 'colección ebro' por Editions de la Libraire de Globe de París, que reproduce el texto de la edición española de las Obras Escogidas de Lenin, en dos tomos, publicadas por Ediciones en Lenguas Extranjeras, de Moscú, en 1948, por la Editorial Progreso.
I. ¿En que sentido se puede hablar de la significación internacional de la revolución Rusa?
En los primeros meses que siguieron a la conquista del Poder político por el proletariado en Rusia (25. X-7. Xl. 1917), podía parecer que, a consecuencia de las enormes diferencias existentes entre la Rusia atrasada y los países avanzados de la Europa occidental, la revolución del proletariado en estos últimos se parecería muy poco a la nuestra. En la actualidad contamos ya con una experiencia internacional más que regular, que demuestra de un modo bien claro que algunos de los rasgos fundamentales de nuestra revolución tienen una significación no solamente local, particularmente nacional, rusa, sino también internacional. Y hablo de la significación internacional no en el sentido amplio de la palabra: no son sólo algunos, sino todos los rasgos fundamentales, y muchos secundarios, de nuestra revolución, los que tienen una significación internacional, desde el punto de vista de la influencia de dicha revolución sobre todos los países. No, en el sentido más estricto de la palabra, es decir, entendiendo por significación internacional su importancia internacional o la inevitabilidad histórica de la repetición en escala internacional de lo que ocurrió en nuestro país, ésta significación debe ser reconocida en alguno de los rasgos fundamentales de nuestra revolución.
Naturalmente, sería un tremendo error exagerar esta verdad extendiéndola más allá de algunos rasgos fundamentales de nuestra revolución. Asimismo, sería un error perder de vista que después de la victoria de la revolución proletaria, aunque no sea más que en uno de los países avanzados, se producirá seguramente un cambio radical en el sentido de que Rusia será, no un país modelo, sino de nuevo un país atrasado (en el sentido «soviético» y socialista).
Pero en este momento histórico se trata precisamente de que el ejemplo ruso muestra a todos los países algo, y algo muy sustancial, de su futuro próximo e inevitable. Los obreros avanzados de todos los países hace ya tiempo que lo han comprendido y, más que comprenderlo, lo han percibido, lo han sentido con su instinto revolucionario de clase.
De aquí la «significación» internacional (en el sentido estricto de la palabra) del Poder Soviético, así como de los fundamentos de la teoría y de la táctica bolchevique. Esto no lo han comprendido los jefes «revolucionarios» de la II Internacional, como Kautsky en Alemania, Otto Bauer y Federico Adler en Austria, que se convirtieron por esto en reaccionarios, en defensores del peor de los oportunismos y de la social-traición. Digamos de paso que el folleto anónimo «La Revolución Mundial» («Weltrevolution»), aparecido en 1919 en Viena (Sozialistische Bücherei, Heft II; Ignaz Brand) muestra con una elocuencia particular toda la contextura ideológica y todo el circulo de ideas, más exactamente, todo el abismo de incomprensión, pedantería, vileza y traición a los intereses de la clase obrera; además, lo hace bajo el pretexto de la «defensa» de la idea de la «revolución mundial».
Pero nos detendremos en detalle en este folleto en otra ocasión. Consignemos aquí únicamente lo siguiente: en los tiempos, ya bien lejanos, en que Kautsky era todavía un marxista y no un renegado, al examinar la cuestión como historiador, preveía la posibilidad del advenimiento de una situación, como consecuencia de la cual el revolucionarismo del proletariado ruso se convertiría en un modelo para la Europa occidental. Esto era en 1902, cuando Kautsky escribía en la «Iskra» revolucionaria el artículo «Los eslavos y la revolución». He aquí lo que escribía en este artículo:
«En la actualidad» (al contrario que en 1848) «se puede creer que no sólo se han incorporado los eslavos a las filas de los pueblos revolucionarios, sino que el centro de gravedad del pensamiento y de la obra revolucionaria se trasfiere cada día más hacia los eslavos. El centro revolucionario pasa del Occidente al Oriente. En la primera mitad del siglo XIX se hallaba en Francia, en algunos momentos en Inglaterra. En 1848, Alemania entró en las filas de las naciones revolucionarias... El nuevo siglo empieza con acontecimientos que sugieren la idea de que nos hallamos en presencia de un nuevo desplazamiento del centro revolucionario, más precisamente, su traslado a Rusia... Rusia, que se ha asimilado tanta iniciativa revolucionaria de Occidente, es posible que en la actualidad se halle presta a servir de fuente de energía revolucionaria para este último. El movimiento revolucionario ruso, cada día más acentuado, resultará acaso el medio más poderoso para sacudir ese espíritu de filisteismo fofo y de politiquería consciente que empieza a difundirse en nuestras filas y hará surgir de nuevo la llama viva del anhelo de lucha y de adhesión apasionada a nuestros grandes ideales. Rusia hace ya tiempo que ha dejado de ser, para la Europa occidental, un simple reducto de la reacción y del absolutismo. En la actualidad, se puede acaso decir que es todo lo contrario. La Europa occidental se convierte en el reducto de la reacción y del absolutismo de Rusia... Los revolucionarios rusos es posible que se hubieran librado hace ya mucho tiempo del zar, si no tuvieran que luchar al mismo tiempo contra el aliado de este último, el capital europeo. Esperemos que esta vez conseguirán librarse de ambos enemigos y que la nueva «santa alianza» se derrumbará más pronto aún que sus predecesoras. Pero sea cual fuere el resultado de la lucha actual en Rusia, la sangre y el destino de los mártires, que esta lucha engendra por desgracia más de lo necesario, no serán vanos, sino que fertilizarán el terreno para la revolución social en todo el mundo civilizado e impulsarán de un modo más esplendoroso y rápido su florecimiento. En 1848 eran los eslavos helada horrible que mataba las flores de la primavera popular. Es posible que ahora estén llamados a ser la tormenta que romperá el hielo de la reacción y que traerá irresistiblemente consigo una nueva y feliz primavera para los pueblos.» (C. Kautsky, «Los eslavos y la revolución», artículo en la «Iskra», periódico revolucionario de la socialdemocracia rusa, núm. 18, 10 de marzo de 1902).
¡No escribía mal Carlos Kautsky hace dieciocho años!
V. I. Lenin
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